Deja vu


Sus incesantes maullidos le taladraban las sienes. ¡Miau! ¡Miau! ¡Miaaau! El aroma que suscitaba aquel plato en manos del rey de la cadena alimenticia activaba en el felino un deseo irracional: masticar la cristiana carne, devorar su lengua, piernas, trozo a trozo, sin dejar rastros de su existencia.
Canino miraba con desdeño a su contrincante. No compartiría su alimento. Ya, hiperbólicamente impaciente, con los ojos rojos llenos de una ira incontrolable, sosteniendo en su palma izquierda el recipiente, se llevó el cubierto a la boca, se inclinó para acercarse al maullador y con la misma mano que había recorrido el camino del plato a la boca, dio la sentencia que terminó en los ojos, boca y orejas del felino que estuvo casi rosando la presa con sus garras.
¡Mia-au! ¡Mia-au! Se retorcía en el suelo, doblaba el pescuezo a la derecha, a la izquierda, soportando el dolor que produjo el impacto del agresor. Canino se había terminado la carne. Tenía las sobras en la orilla del plato. Sus ojos ahora azules miraban con pena al animal. Lo tomó entre sus brazos, lo acarició y le dio de comer. Sintió que esa escena ya la había vivido. ¡Deja vu!- dijo.
La mujer, que había estado todo ese tiempo en una esquina de la sala, dijo con voz muda, dirigiendo su mirada hacia el gato:
-Miserable suerte la de ambos.

Emilly Bidó
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